- Un ensayo con 373 jóvenes mostró que reducir redes como Instagram y TikTok una semana disminuye depresión, ansiedad e insomnio.
- El uso de redes bajó de casi 2 horas al día a unos 30 minutos, pero el tiempo total con el móvil apenas se redujo.
- Los beneficios se asocian más al uso problemático y la comparación social que al tiempo de pantalla en sí.
- Expertos ven estas pausas como apoyo útil, pero advierten que no sustituyen a los tratamientos de salud mental.

El impacto de Instagram, TikTok y otras redes sociales en la salud mental de los jóvenes vuelve a estar bajo la lupa. Un nuevo trabajo académico publicado en la revista JAMA Network Open apunta a que reducir de forma notable el tiempo en estas plataformas puede ir acompañado de mejoras claras en síntomas de depresión, ansiedad e insomnio en adultos jóvenes.
Lejos de ser una simple opinión, se trata de un estudio estructurado que, aunque se ha realizado en Estados Unidos, pone sobre la mesa datos que encajan con la preocupación creciente en Europa y España sobre el consumo intensivo de redes entre la generación Z y los universitarios. Padres, docentes y profesionales sanitarios llevan años advirtiendo de que quizá pasarse el día con el móvil en la mano no sale gratis.
Un experimento con jóvenes enganchados al móvil
La investigación se llevó a cabo entre marzo de 2024 y marzo de 2025 con 373 participantes de 18 a 24 años, un rango de edad en el que el uso de Instagram, TikTok o Snapchat forma parte casi automática del día a día. Para entrar en el estudio, los voluntarios debían tener un teléfono compatible y aceptar una monitorización continua mediante la app mindLAMP, que registraba su actividad digital de manera silenciosa.
El diseño incluyó primero dos semanas de observación inicial para conocer los hábitos previos de uso del móvil y el estado de salud mental de cada persona. Después llegó el plato fuerte: se propuso a los participantes una especie de “desintoxicación” de redes sociales durante siete días, en la que se les pidió reducir todo lo posible su acceso a cinco plataformas principales: Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y X (antes Twitter).
El estudio combinó cuestionarios estandarizados de salud mental —para medir depresión, ansiedad, insomnio y soledad— con datos objetivos recogidos por el propio móvil: tiempo de pantalla, cantidad de desbloqueos o patrones de movilidad (por ejemplo, cuánto se movían o si pasaban más horas en casa). Esta técnica, conocida como fenotipado digital, permite ir más allá de lo que cada uno dice que hace y observar lo que realmente ocurre.
De los 373 jóvenes reclutados, 295 completaron la semana de intervención. La participación era voluntaria, lo que, según han señalado algunos expertos, puede introducir cierto sesgo, ya que quienes se apuntan a una “dieta de redes” quizá estén ya motivados o convencidos de que les vendrá bien.
Qué pasó al usar menos Instagram y TikTok
Una vez terminada la semana de reducción de uso, los datos llamaron la atención de la comunidad científica. En el grupo que logró mantener la desintoxicación durante los siete días se observó una bajada media de los síntomas depresivos del 24,8%, una reducción de la ansiedad del 16,1% y una mejoría del insomnio del 14,5% con respecto a la situación de partida.
Las mejoras no fueron iguales para todos. El efecto fue más intenso en quienes partían de un cuadro de depresión moderada o severa, que reportaron cambios más marcados tanto en el ánimo como en el sueño. Esto sugiere que las pausas en redes pueden ser especialmente útiles en personas que ya están pasándolo mal, aunque no resuelven por sí solas el problema.
En cambio, no se registraron cambios significativos en la sensación de soledad. Los investigadores apuntan que muchas redes tienen una función social real —permiten mantener el contacto con amigos, familia o comunidades de interés—, y que reducir su uso puede, en algunos casos, ir acompañado de una menor percepción de conexión con los demás.
Durante esa semana, el tiempo dedicado específicamente a redes sociales se desplomó: de una media de 1,9 horas diarias a unos 30 minutos. Es decir, los participantes pasaron de hacer scroll casi dos horas al día a limitarse a un ratito corto, lo justo para entrar y salir sin perder completamente el hilo.
Menos redes, pero el móvil sigue en la mano
La paradoja llega cuando se analiza el resto del uso del teléfono. A pesar de esa fuerte caída en el tiempo que pasaban en Instagram, TikTok o X, el tiempo total con el móvil aumentó ligeramente en torno a un 4,5%. Además, los datos de localización indicaron que los participantes pasaron un 6,3% más de tiempo en casa durante la semana de desintoxicación.
¿Qué hicieron entonces con el teléfono? Los datos apuntan a un cambio de tipo de actividad digital, más que a un abandono del dispositivo. Una parte del tiempo que antes se dedicaba a hacer scroll infinito se desplazó hacia mensajería instantánea, navegación web, videojuegos u otras apps menos centradas en la comparación social continua.
Lo llamativo es que, pese a seguir bastante pegados a la pantalla, la salud mental mejoró. Esto refuerza la idea, defendida por muchos especialistas, de que el problema no es tanto la cantidad de tiempo frente al móvil, sino el uso concreto que se hace de ciertas plataformas, en particular aquellas que fomentan dinámicas adictivas.
El análisis pormenorizado del estudio indica que el malestar psicológico está más asociado a comportamientos problemáticos en redes sociales —como la dependencia emocional, la comparación con vidas aparentemente perfectas o la dificultad para desconectar— que al número de minutos totales que se pasa conectado.
En palabras de los autores, el tiempo de uso objetivo tiene una relación modesta con la salud mental. Lo que parece pesar más es si la persona dedica ese tiempo a refrescar sin parar el feed, a perseguir “likes” como forma de validación personal o a exponerse constantemente a contenidos idealizados que alimentan la sensación de no estar a la altura.
Instagram, el hueso más duro de roer
Otro de los hallazgos llamativos de la investigación tiene que ver con qué redes cuesta más soltar. En general, los participantes lograron reducir de forma considerable su uso de TikTok y X, lo que demuestra que, al menos a corto plazo, es posible pisar el freno incluso en plataformas muy adictivas.
Sin embargo, Instagram y Snapchat se resistieron bastante más. El estudio señala que el 67,8% de quienes usaban Instagram y el 48,8% de los usuarios de Snapchat no consiguieron recortar su tiempo de uso tal y como se les había pedido, manteniendo niveles de consumo importantes incluso durante la supuesta semana de desintoxicación, aunque Snapchat ha empezado a implementar medidas como la verificación de edad.
Este dato va en la línea de lo que muchos jóvenes comentan de forma informal: Instagram sigue siendo la red que más cuesta dejar, ya sea por las historias con los amigos, los mensajes directos o la sensación de que “si no subes nada, desapareces”. En Europa y en España, donde Instagram y WhatsApp son casi omnipresentes en el móvil de cualquier veinteañero, esta dificultad para desconectar resulta especialmente relevante y merece atender a cómo proteger tu privacidad.
Los autores apuntan a que cada aplicación cumple una función distinta en la vida social de los usuarios. Algunas se usan más para entretenerse pasivamente con vídeos cortos, mientras que otras se convierten en “canales centrales de identidad y relaciones personales”. Esa diferencia podría explicar por qué ciertas plataformas se dejan antes que otras.
Una herramienta útil, pero no un tratamiento milagroso
El psiquiatra John Torous, uno de los investigadores principales y profesor adjunto en la Facultad de Medicina de Harvard, insiste en que estos resultados deben leerse con prudencia. Según explica, reducir las redes sociales no debería considerarse la primera ni la única forma de tratamiento para quienes sufren un trastorno de salud mental, pero podría ser un complemento razonable y de bajo coste para quienes ya están en terapia o reciben medicación.
Torous recuerda que el ensayo no fue un estudio controlado aleatorizado, es decir, no se asignó al azar a unos participantes a reducir redes y a otros a mantener sus hábitos. En lugar de eso, todos los que se apuntaron sabían que iban a hacer una pausa digital, lo que puede influir en cómo perciben y reportan su propio bienestar.
Además, señala que existía una gran variabilidad en la respuesta: no todo el mundo se benefició igual y, en algunos casos, apenas hubo cambios. De ahí que pida evitar lecturas simplistas del tipo “si dejas TikTok, se te quita la depresión”, porque la realidad es más matizada y depende mucho de cada persona.
Otros expertos externos al estudio también han mostrado cautela. Algunos psicólogos remarcan que en un contexto de “pánico moral” en torno a las pantallas, los estudios que encuentran efectos negativos de las redes sociales reciben más atención que los que no detectan ningún vínculo claro, lo que puede distorsionar la percepción pública.
Metaanálisis previos que han revisado decenas de experimentos similares han encontrado desde efectos prácticamente nulos hasta beneficios positivos pero pequeños en el bienestar subjetivo tras pausar o limitar las redes. El panorama científico, por tanto, sigue siendo heterogéneo y no permite todavía sentencias rotundas.
¿Qué implicaciones tiene para jóvenes en España y Europa?
Aunque el estudio se desarrolló en Estados Unidos, sus conclusiones encajan con tendencias observadas también en España y en el resto de Europa: aumento de la sintomatología ansiosa y depresiva entre adolescentes y adultos jóvenes, más consultas por insomnio y una presencia masiva de redes sociales visuales en su rutina diaria.
En nuestro entorno, los debates sobre uso del móvil en colegios e institutos, límites de edad para abrir cuentas en redes o posibles regulaciones para proteger a menores son cada vez más frecuentes. Países europeos han empezado a plantear medidas para restringir o supervisar el acceso de los menores a plataformas como TikTok o Instagram, mientras asociaciones de padres y sociedades científicas piden guías claras.
El mensaje que se desprende de este y otros trabajos no es tanto que haya que prohibir tajantemente las redes sociales, algo que podría tener efectos secundarios indeseados, sino que merece la pena trabajar la moderación consciente: revisar para qué se usan, cuánto tiempo se dedica y qué se podría hacer de forma distinta.
Para muchos jóvenes, sobre todo en la universidad o en los primeros años de vida laboral, probar una “semana de respiro” reduciendo Instagram y TikTok puede convertirse en una especie de experimento personal. Si se acompaña de otras medidas —como cuidar el sueño, volver a actividades presenciales o retomar aficiones olvidadas—, puede ayudar a notar cambios en cómo se sienten, aunque no sustituya en ningún caso a la atención profesional cuando esta es necesaria.
La evidencia acumulada apunta en una dirección relativamente clara: usar menos Instagram y TikTok, y hacerlo de forma menos compulsiva y comparativa, suele asociarse con un mejor estado de ánimo y un descanso más reparador. La clave no pasa solo por mirar menos la pantalla, sino por replantearse cómo, cuándo y para qué se entra en esas aplicaciones que, casi sin darnos cuenta, se han ido colando en cada rato libre del día.
Editor profesional de Tecnología y Software