- La IA ya está mejorando la productividad en empresas que la adoptan, aunque los datos aún son desiguales.
- Iberdrola ha desplegado cerca de 500 agentes de IA para optimizar procesos y apoyar a sus profesionales.
- La formación de los empleados se ha convertido en un factor crítico para aprovechar el potencial de la tecnología.
- Los despidos vinculados a la IA pueden generar un efecto negativo en la productividad del personal que permanece.

La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de futuro para convertirse en una realidad que ya está transformando la forma en que las empresas trabajan. Sin embargo, el camino hacia la productividad no es tan lineal como algunos venden. Mientras unos estudios apuntan a mejoras significativas, otros advierten de que los beneficios aún no se ven en los balances. Lo que está claro es que la tecnología ha llegado para quedarse, y las compañías que mejor sepan integrarla serán las que lideren sus sectores.
En España y Europa, la adopción de la IA avanza a ritmo desigual. Las grandes corporaciones tienen recursos para invertir en herramientas y formación, pero las pymes se quedan atrás. Aun así, los primeros datos empiezan a dibujar un panorama en el que la productividad empresarial en España y el empleo no son necesariamente enemigos de la automatización. La clave está en cómo se gestiona el cambio.
La IA y la productividad: luces y sombras
Un informe de BBVA Research, coordinado por Rafael Doménech, señala que las empresas que aplican soluciones de IA ya son un 4% más productivas que sus competidoras del mismo sector que no lo hacen. Además, el estudio asegura que el impacto en el volumen de plantilla es nulo en la Unión Europea, y que las firmas con un uso elevado de IA tienen un 4,5% más de probabilidad de contratar nuevos empleados. También se observa una mejora salarial del 3,3% en las compañías que apuestan por esta tecnología.
Sin embargo, no todo son buenas noticias. Un documento de la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos, basado en una encuesta a casi 6.000 ejecutivos, revela que el 90% de las empresas que usan IA activamente no han visto impacto en su productividad en los últimos tres años. Esta contradicción refleja que la tecnología por sí sola no genera valor: necesita inversiones complementarias en software, datos y, sobre todo, en personas.
Goldman Sachs, por su parte, cree que el efecto de la IA en los beneficios será más visible en los próximos trimestres. La entidad ha identificado 20 acciones que podrían beneficiarse de la automatización, entre ellas eBay, Airbnb, RTX o Boeing. Eso sí, reconocen que la diferencia entre adoptantes y no adoptantes aún no es estadísticamente significativa, pero confían en que la aceleración del gasto empresarial acabe traduciéndose en mejoras de eficiencia.

Iberdrola, un caso de éxito en España
La eléctrica española Iberdrola se ha convertido en un referente en la adopción de la llamada IA agéntica. La compañía cuenta ya con cerca de 500 agentes de inteligencia artificial en iniciativas implantadas o en desarrollo, que dan soporte a distintas áreas del grupo. Su estrategia se basa en utilizar la IA para apoyar el talento de sus profesionales, automatizando tareas repetitivas y facilitando el acceso al conocimiento.
En el ámbito de las redes eléctricas, la IA permite anticipar incidencias y reponer el suministro en cuestión de minutos. En las centrales de generación, ayuda a planificar mantenimientos y coordinar trabajos. Y en el área de clientes, los voicebots y chatbots agilizan la resolución de consultas y reclamaciones. La compañía asegura que la integración se hace de forma progresiva y responsable, manteniendo siempre el control humano en las decisiones.
Este caso demuestra que la IA puede ser una herramienta para potenciar el trabajo, no para sustituirlo. Iberdrola ha combinado la tecnología con programas de formación para que sus empleados identifiquen nuevas oportunidades de aplicación. El resultado es una mejora en la eficiencia operativa que, según la empresa, se traduce en un servicio más resiliente y sostenible.
La formación, la asignatura pendiente
Uno de los mayores obstáculos para que la IA mejore la productividad es la falta de competencias. El Foro Económico Mundial señala que el 63% de los empleadores identifica la falta de habilidades como una barrera principal, y el 85% prevé priorizar la formación de sus trabajadores. Sin embargo, muchas empresas cometen el error de ofrecer cursos genéricos que no se adaptan a las necesidades reales de cada departamento.
La Comisión Europea subraya que la alfabetización en IA debe tener en cuenta el contexto de cada trabajador. No es lo mismo enseñar a un financiero que a un comercial. Además, la formación no debe limitarse a mostrar herramientas, sino a rediseñar procesos para que la tecnología se integre en el día a día. Empresas como Skiller están desarrollando programas in company que llevan los ejercicios al contexto real del trabajador, algo que muchos expertos consideran esencial.
El problema es que muchas compañías miden asistentes y horas de formación, en lugar de medir tiempo ahorrado o procesos automatizados. McKinsey recomienda indicadores concretos para evaluar la adopción y el retorno de la IA. Sin esa medición, es difícil saber si la inversión está dando frutos o si solo se está gastando dinero en tecnología que nadie sabe utilizar.

Los riesgos de una adopción mal gestionada
No todo es positivo. Un estudio del profesor Mark Ma, de la Universidad de Pittsburgh, revela que los despidos vinculados a la adopción de IA pueden mermar la productividad del personal que permanece. Cuando los empleados ven que sus compañeros son despedidos por culpa de la tecnología, el clima laboral se deteriora y el compromiso cae en picado. En lugar de colaborar con los algoritmos, los trabajadores adoptan una actitud defensiva que perjudica su rendimiento.
Además, la reacción del mercado no siempre acompaña. Ma señala que en más de la mitad de los casos, los anuncios de inversión en IA no generan una respuesta positiva en bolsa. Esto sugiere que los inversores son escépticos sobre la capacidad de las empresas para convertir la tecnología en beneficios reales. La presión por demostrar resultados lleva a algunas compañías a tomar decisiones precipitadas, como recortar plantilla para financiar la IA, lo que a largo plazo puede ser contraproducente.
Enrique Dans, profesor de la IE University, lo resume así: “No se trata de medir cuántos tokens queman los empleados, sino qué han logrado”. La métrica debería ser el resultado, no el uso de la herramienta. Hasta que las empresas no entiendan esto, la IA seguirá siendo una promesa incumplida en muchos casos.
El futuro: una oportunidad que requiere paciencia
A pesar de las contradicciones, la mayoría de los expertos coincide en que la IA acabará mejorando la productividad, pero no de la noche a la mañana. Mark Zandi, economista jefe de Moody’s, cree que no veremos un gran impulso hasta finales de la década o principios de la siguiente. La historia de las hojas de cálculo es un buen ejemplo: Lotus 1-2-3 cambió la forma de trabajar de los contadores, pero tardó años en convertirse en una herramienta imprescindible.
Mientras tanto, las empresas que están invirtiendo en IA y formación serán las que mejor posicionadas queden. El caso de Iberdrola muestra que es posible integrar la tecnología sin perder el factor humano. Y los datos de BBVA Research apuntan a que la productividad y el empleo pueden crecer de la mano si se gestiona bien el cambio. La clave está en no dejarse llevar por el entusiasmo ni por el miedo, sino en aplicar la IA con criterio y responsabilidad.
En definitiva, la productividad impulsada por la IA no es un cuento de hadas ni una amenaza apocalíptica. Es una herramienta más, como lo fueron el ordenador o internet, que requiere tiempo, inversión y, sobre todo, personas preparadas para sacarle partido. Las empresas que lo entiendan así serán las que lideren la próxima década.
Editor profesional de Tecnología y Software

