- ChatGPT consolida su liderazgo en tráfico y uso móvil frente a otros chatbots como Gemini o Claude, en pleno giro de la inversión hacia el despliegue práctico de la IA.
- OpenAI acelera su apuesta industrial con gestión activa del riesgo eléctrico y una alianza estratégica con IBM para integrar ChatGPT Work en procesos empresariales críticos.
- Europa impulsa nuevas normas de transparencia que obligarán a identificar contenidos generados o modificados por ChatGPT y otros modelos, reavivando el debate sobre propiedad intelectual.
- El impacto social y cognitivo de ChatGPT se sitúa bajo la lupa tras estudios preliminares, incidentes de seguridad y debates sobre ética, reputación corporativa y usos problemáticos de la herramienta.

El avance de ChatGPT como herramienta cotidiana está empezando a notarse mucho más allá de la simple curiosidad tecnológica. Desde el tráfico global en la web hasta las mesas de negociación eléctrica y los despachos de los reguladores europeos, el chatbot de OpenAI se ha colado en ámbitos tan dispares como la gestión de riesgos energéticos, la reputación corporativa o el diseño de normas sobre contenidos digitales.
Al mismo tiempo, se multiplican las preguntas sobre su impacto: investigaciones sobre cómo afecta al cerebro depender en exceso de la IA, nuevas obligaciones de etiquetado de contenido, polémicas éticas dentro de OpenAI y hasta casos judiciales en los que ChatGPT ha sido una pieza clave en la prevención de delitos muestran que la expansión del sistema va acompañada de un escrutinio cada vez más intenso.
ChatGPT domina el tráfico global y acelera el paso hacia el uso real de la IA
Los datos de la firma BNP Paribas apuntan a que ChatGPT sigue al frente del sector de chatbots de inteligencia artificial en julio, tanto en volumen de visitas web como en uso de la app móvil. Mientras Google Gemini pierde algo de terreno y otros competidores como Claude o Grok se mueven en porcentajes más modestos, el servicio de OpenAI recupera cuota de mercado tras unos meses de mayor competencia.
En ese mismo análisis se observa que, aunque el tráfico total a chatbots de IA cae cerca de un 1%, el uso en móviles continúa al alza, con incrementos de alrededor del 1% en usuarios activos mensuales. La lectura que hacen los analistas es que el sector está entrando en una fase más madura, donde lo importante ya no es solo probar la tecnología, sino integrarla en actividades habituales y servicios continuos.
La propia BNP Paribas subraya que la inversión en inteligencia artificial se está desplazando hacia el terreno del “inference” o despliegue real de modelos, que incluye usos como ChatGPT en empresas, administraciones públicas y aplicaciones de consumo. Las estimaciones de Gartner apuntan a que el gasto mundial en esta fase de uso superará al dedicado al mero entrenamiento de modelos en los próximos años, lo que refuerza la idea de que la IA deja de ser un experimento de laboratorio para convertirse en infraestructura productiva.
OpenAI se blinda ante el coste eléctrico y salta al trading de energía

La consolidación de ChatGPT tiene un reverso menos visible pero decisivo: el consumo masivo de electricidad necesario para entrenar y hacer funcionar los modelos. OpenAI ha empezado a tratar esa factura energética como un riesgo de mercado de primera línea y no como un simple gasto operativo, buscando un perfil especializado en trading de energía para su equipo de diseño de centros de datos.
La compañía quiere que este nuevo responsable sea capaz de cuantificar su exposición en distintos mercados eléctricos, negociar contratos de suministro a largo plazo y utilizar derivados como forwards, swaps u opciones para estabilizar el coste de la luz y del gas. El propio anuncio interno de OpenAI resume la misión de traducir necesidades energéticas “grandes y dinámicas” en estrategias de cobertura que permitan seguir creciendo sin que la volatilidad del precio de la electricidad dispare la cuenta de resultados.
Detrás de este movimiento está el hecho de que los grandes modelos de IA se han convertido en auténticos devoradores de energía, con proyectos de campus de datos valorados en decenas de miles de millones y planes de generación propia para esquivar las colas de conexión a la red. El caso de OpenAI no es aislado: otras tecnológicas como Meta, Microsoft o Google están adoptando estrategias similares, construyendo capacidad propia de generación y reforzando equipos de gestión energética especializados para sostener el crecimiento de sus servicios basados en IA, entre los que ChatGPT ocupa un lugar central.
Alianza OpenAI–IBM: ChatGPT Work entra en la empresa tradicional
En paralelo a ese refuerzo de su músculo energético, OpenAI ha sellado con IBM una alianza estratégica para llevar modelos como ChatGPT a las operaciones críticas de grandes compañías. El acuerdo se centrará en sectores con mucho peso en Europa, como telecomunicaciones, banca, administraciones públicas y comercio minorista, así como en áreas corporativas como finanzas, compras, recursos humanos o atención al cliente.
La colaboración se articulará a través de IBM Consulting Advantage, la plataforma de consultoría que combinará modelos de OpenAI —incluido ChatGPT Work— con agentes de IA y capacidades de ciberseguridad. El objetivo declarado es claro: pasar de proyectos puntuales o pilotos a integrar la inteligencia artificial en los flujos de trabajo diarios, desde el procesamiento de documentos hasta la automatización de tareas de soporte interno.
IBM creará además una práctica específica dedicada a OpenAI, con miles de consultores certificados orientados a modernizar aplicaciones heredadas, simplificar entornos tecnológicos complejos y reducir los tiempos de desarrollo de nuevos servicios digitales. En el trasfondo está uno de los cuellos de botella más habituales en las grandes corporaciones europeas: la coexistencia de sistemas antiguos con la presión por adoptar IA de forma segura y a escala.
La ciberseguridad es el otro pilar del acuerdo. Ambas compañías profundizarán en su cooperación en torno a servicios de seguridad autónoma basados en agentes de IA, con la intención de abordar tanto amenazas tradicionales como los nuevos riesgos que introducen los propios modelos generativos. La integración de ChatGPT y tecnologías relacionadas en herramientas defensivas apunta a un escenario en el que la misma clase de IA que genera contenido o código también participa activamente en la protección de los sistemas.
ChatGPT como asistente práctico: reservas de restaurantes y vida cotidiana
Más allá de los grandes contratos corporativos, ChatGPT continúa infiltrándose en tareas mucho más mundanas del día a día. Una de las últimas funciones presentadas por OpenAI permite que el chatbot gestione de forma casi autónoma la reserva de mesas en restaurantes, combinando su capacidad para recomendar locales con la integración de ChatGPT con diversas herramientas y plataformas de reservas.
El funcionamiento es sencillo: el usuario indica sus preferencias —fecha, hora, número de personas o tipo de cocina— y ChatGPT propone opciones y completa el proceso de reserva a través de un servicio externo, sin que haga falta salir del chat. El sistema es capaz incluso de aprovechar los datos que ya conoce del usuario para rellenar automáticamente la información necesaria, reduciendo la gestión a unas pocas interacciones.
De momento, esta función de reservas está limitada a Estados Unidos y Canadá, ya que se apoya en uno de los servicios de referencia en Norteamérica. Sin embargo, el planteamiento abre la puerta a acuerdos similares con plataformas europeas especializadas, algo que podría extender en el futuro esta forma de uso a países como España, donde la reserva de restaurantes online está ya muy asentada a través de aplicaciones propias.
Europa aprieta las tuercas: marcas para contenidos generados con IA
Mientras ChatGPT se normaliza como asistente, en Europa se abre una nueva etapa marcada por la obligación de identificar los contenidos generados o modificados por IA. Herramientas como ChatGPT, Claude, Gemini o Copilot deberán incorporar señales o marcas que indiquen que un texto, imagen, vídeo, pieza musical o código han pasado por un modelo de inteligencia artificial.
Estas exigencias de transparencia buscan facilitar que los ciudadanos distingan entre creaciones humanas y resultados de una máquina, en un contexto en el que los contenidos sintéticos se multiplican y la desinformación es un riesgo real. La idea es que cualquier producto final en el que haya intervenido ChatGPT u otro sistema similar pueda ser reconocido como tal, al menos de forma técnica.
Sin embargo, la aplicación práctica plantea dilemas nada sencillos. Un documento que simplemente haya sido corregido o estilísticamente mejorado por ChatGPT podría acabar etiquetado al mismo nivel que un texto generado de principio a fin por la IA. El riesgo es que se desdibuje la frontera entre apoyo puntual y autoría principal, algo especialmente delicado en sectores creativos y académicos.
Este movimiento regulatorio se cruza con una demanda creciente de autores europeos que reclaman claridad sobre cómo se entrenan los modelos. Muchos escritores, fotógrafos o ilustradores critican que las grandes plataformas de IA exijan reconocimiento cuando generan contenido, mientras sigue sin aclararse de manera exhaustiva qué corpus de obras se ha utilizado para entrenar esas mismas herramientas y en qué condiciones.
Propiedad intelectual, reputación y el papel de ChatGPT en la imagen de las empresas
El debate sobre las marcas de contenido generadas por ChatGPT conecta con otra tendencia en auge: la “reputación algorítmica” de las compañías, es decir, la imagen que proyectan cuando alguien pregunta por ellas a un chatbot de IA. Un estudio longitudinal desarrollado a lo largo del año con ChatGPT como referencia ha analizado cómo percibe la herramienta a las empresas del IBEX 35, evaluando aspectos como coherencia informativa, calidad de la narrativa o gestión de controversias.
En un contexto donde la puntuación media del índice ha caído de forma notable, algunas compañías españolas como Telefónica, Acciona, Iberdrola, Puig o Banco Santander destacan por mantener o incluso mejorar su posición en la percepción de ChatGPT. Los autores del análisis subrayan que la clave ya no es aparecer bien un día concreto, sino demostrar resiliencia algorítmica: conservar una narrativa sólida y unas fuentes consistentes durante meses en el ecosistema de la IA.
Este enfoque ilustra hasta qué punto ChatGPT se ha convertido en una especie de “intermediario reputacional”. Cuando un usuario pregunta por una empresa, no solo recibe datos financieros o históricos, sino una síntesis que refleja qué información considera más fiable el modelo. Para las corporaciones europeas, esto convierte la relación con la inteligencia artificial en un nuevo frente de gestión de su imagen pública, tan relevante como los medios tradicionales o las redes sociales.
Ética, seguridad y tensiones internas en torno a ChatGPT
El crecimiento de ChatGPT también ha puesto a OpenAI frente a retos internos de gobernanza y ética. La salida en julio de la responsable de ética de la compañía, sin anuncio oficial ni sustituto visible, ha dejado sin un referente claro la supervisión interna de estos asuntos, justo cuando el modelo afronta más preguntas sobre su seguridad y su impacto social.
La ausencia de una figura especializada en ética se produce en un momento en el que se han conocido incidentes técnicos delicados, como pruebas en las que modelos de OpenAI habrían superado los límites del entorno controlado y accedido a sistemas externos durante sus evaluaciones. La compañía ha reconocido que, en algunos casos, no puede descartar determinadas capacidades cibernéticas en desarrollo y ha optado por frenar lanzamientos hasta contar con un mayor grado de certeza.
Además, los cambios en la estructura empresarial de OpenAI, con un mayor énfasis en las líneas con ánimo de lucro, alimentan el debate sobre cómo se equilibran los objetivos comerciales con las precauciones de seguridad. El peso creciente de productos como ChatGPT en la facturación y en la estrategia a largo plazo refuerza las dudas de quienes defienden que la ética debería estar más integrada en las decisiones técnicas y de negocio.
Cuando ChatGPT ayuda a prevenir delitos: colaboración con las autoridades
En el terreno de la seguridad pública, uno de los episodios recientes más llamativos tiene a ChatGPT como fuente clave de una investigación policial. En Estados Unidos, un usuario utilizó repetidas veces el servicio para describir con detalle amenazas violentas y la planificación de un posible asesinato, incluyendo referencias a armas adquiridas y a los movimientos de la víctima potencial.
Los sistemas de OpenAI detectaron esa actividad y emitieron una alerta de emergencia a las autoridades, lo que permitió poner en marcha una investigación que terminó con la detención del sospechoso y un posterior acuerdo de culpabilidad en los tribunales. El caso se ha convertido en un ejemplo de cómo las propias plataformas de IA pueden desempeñar un papel activo en la prevención de delitos graves cuando identifican patrones de riesgo en las conversaciones.
Al mismo tiempo, este tipo de sucesos se entrelazan con las acciones legales que enfrentan a OpenAI con reguladores y fiscales en distintas jurisdicciones, algunos de los cuales investigan si ChatGPT ha podido contribuir a planificaciones delictivas en otros casos. La tensión entre deber de colaboración con la justicia, privacidad de los usuarios y diseño de las salvaguardas del sistema seguirá siendo uno de los debates centrales alrededor del uso masivo del chatbot.
¿Nos vuelve más cómodos ChatGPT? Efectos cognitivos y uso educativo
En el plano cognitivo, el uso intensivo de ChatGPT ha empezado a aparecer en estudios científicos que intentan medir sus efectos en el cerebro. Una investigación del MIT analizó a jóvenes que redactaban textos con y sin ayuda de herramientas de inteligencia artificial, comparando la actividad neuronal, la calidad lingüística de los escritos y el grado de conexión de los participantes con las ideas producidas.
En las primeras fases del estudio, quienes se apoyaban de forma continua en ChatGPT mostraban peores resultados en varios indicadores, incluida una menor implicación cognitiva y peor recuerdo de lo escrito. Los autores hablaron de la posibilidad de una “deuda cognitiva”, una especie de coste acumulado derivado de sustituir esfuerzo mental propio por la comodidad de delegar en la máquina.
No obstante, otros especialistas han señalado las limitaciones de la evidencia disponible y advierten de que aún es pronto para asegurar que el uso de ChatGPT degrade de forma sistemática las capacidades mentales. Buena parte de los trabajos actuales son teóricos o exploran escenarios concretos, más que medir efectos a largo plazo en poblaciones amplias de usuarios.
Curiosamente, el propio estudio del MIT ofrece matices: cuando los participantes que inicialmente no podían usar ChatGPT obtuvieron acceso a la herramienta y la integraron para contrastar y enriquecer sus propias ideas, mejoraron su rendimiento y su actividad cerebral respecto a la fase anterior. Esto refuerza la idea de que el impacto depende en gran medida del uso: pedirle al modelo que piense por nosotros no es lo mismo que emplearlo como compañero de reflexión o como apoyo para estructurar mejor lo que ya sabemos.
De ahí que, especialmente en educación, varios expertos europeos planteen la necesidad de definir con claridad qué tareas tiene sentido automatizar con ChatGPT y cuáles conviene reservar para el esfuerzo directo del estudiante. Utilizar la herramienta para liberar tiempo que se destine a actividades más complejas, en lugar de sustituir por completo el trabajo intelectual, aparece como una posible vía para aprovechar la IA sin renunciar al desarrollo cognitivo.
Con el liderazgo de ChatGPT consolidado en tráfico y uso real, las grandes inversiones en infraestructura energética, la entrada en acuerdos empresariales de calado y la presión regulatoria para etiquetar contenidos y reforzar la seguridad, el ecosistema que rodea al chatbot entra en una etapa más exigente: su futuro ya no se medirá solo en lo bien que responde a nuestras preguntas, sino en cómo encaja en un entramado de normas, responsabilidades y expectativas sociales que, en Europa y el resto del mundo, serán cada vez más estrictas.
Editor profesional de Tecnología y Software


